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moleskine mind

La vida tiene momentos muy particulares en los cuales invariablemente pasa por nuestra mente un sentimiento de resignación.
Sin embargo, resignarse ante cualquier cosa es una especie lamentación silenciosa.
Una canción se transforma en recuerdo de lo que fue y jamás volverá a ser.
Hace falta la suficiente edad para sentirlo, voltear hacía atrás y ver en qué nos hemos transformado. No hay nada más decadente que vivir a costa de las viejas glorias.
En este viaje de la realización estamos completamente solos; no hay nadie que pueda ayudarnos.

Esa noche, mientras escuchaba viejos discos, vestía vieja ropa y sucumbía ante viejos vicios, entendí que a pesar de transitar por la crisis de los 40, era necesario renacer para preparar el final.
Por momentos estaba sorprendido de mis circunstancias: seguía vivo después de haber pasado una década llena de excesos y soledad total.
Si acaso creía que contaba con cierta sensibilidad para las artes, la realidad era que siempre había sido flojo y comodino.
Criticaba a la mayoría de las personas, diseccionando sus errores, me volví un amargado.
Pero a pesar de que me encontraba anclado en una isla invisible, en el fondo de mi, había un dejo de inconformidad que buscaba doblegar.
Me propuse entonces buscarme y rescatarme, con la intención de un día poder decirme que había logrado vencer la mayor de mis bestias: la parálisis mental de la flojera. Esa que te lleva a ningún sitio, guiado por la intuición de una soberbia intangible.
Debido a esto fue que una noche quemé mi último cartucho mental existente: mi ego; que era por mucho, superior al de cualquier persona que pude conocer durante toda mi vida.
Debía potencializar ese aparente defecto y llevarlo al grado de catapulta para que generara una razón de peso que me hiciera moverme.
En el fondo lo único que estaba en juego era saberme capaz o incapaz de lograr lo que me proponía. Y proponerse algo y cumplirlo, como decía mi abuelo, era acercarse cada vez más a la felicidad plena.
Me da risa pensar que mi padre se ganaba la vida dando pláticas gerenciales de motivación y tiene en su hijo un ejemplo de como sin motivación alguna se llega a absolutamente ningún sitio.
Todo esto lo pensaba mientras me terminaba una botella de tequila mas en mi vida, escuchando al cuarteto de Dave Brubeck, apostando a que no lo lograría, por más que lo intentara.
Amaba mi ambivalencia para brincar de mi pesimismo a destellos que llamaba suerte; de mi suculenta paciencia para ver cómo la vida me pasaba por delante.
Todo esto era sólo parte de las cosas a las cuales me enfrentaba para intentar transformar mi vida entera en un solo cometido.
Me propuse brindar por el último día de flojera de mi vida.
Mañana cuando despertara, me enfrentaría no sólo a tener que ponerme en acción, sino también a mitigar una segura cruda. Mi carácter autoflagelante debía estar contento, sería más difícil.
Si para este punto aun se desconoce el propósito, debo decir que a los ojos del vulgo parecería sencillo pero no lo es del todo.
Se trata sencillamente de escribir un libro, ni más ni menos.


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